Mil vidas (II)
Miguel solía mirarse al espejo a veces. Era una costumbre que no había practicado nunca porque no era cosa de hombres ser presumido. Sin embargo, desde que su mujer comenzó a despreciarlo no podía evitar quedarse observando su propio reflejo al afeitarse o lavarse la cara. Se miraba y podía notar la tristeza en el fondo de sus ojos, la expresión avejentada del que ha perdido toda ilusión. A veces lloraba o apretaba los puños con rabia como si quisiera destruir la imagen que le observaba desde el cristal. Y la recordaba y el recuerdo le hacía daño. Ella estaba allí, en la habitación de al lado, durmiendo, y, sin embargo, la sentía como a mil kilómetros. No se atrevía a asomarse a mirarla ni a darle un beso de despedida, a pesar de que ella nunca se atrevió a rechazarlo en el lecho. Solo al irse se permitía contemplarla unos instantes antes de salir. En alguna ocasión ella le sorprendió con los ojos fijos en su cuerpo yacente y le reprendió con sarcasmo. ‘¿Qué crees? ¿Qué te miro a ti? Ni que fueras tan guapa' Pero lo era, para él por lo menos, la más hermosa y después de irse su imagen le perseguía haciéndole sentir inferior, doliéndole como un fantasma quejumbroso que lo persiguiera para saldar alguna cuenta pendiente, recordándole que jamás ni aunque viviera mil años y el cielo se abriera y llegara el fin del mundo podría renunciar a ella. Sentía su olor incluso cuando estaba lejos y se sabía de memoria cada milímetro de su piel.
Adriana era, para él, una línea pura que sus manos podían recorrer sin sobresaltos, sin ningún tropiezo, curvas suaves, piel de seda. Era una cascada de ébano cuyos rizos jamás podrían ser dominados ni sometidos. Adriana eran unas pestañas negras con las que él habría podido ahorcarse, rodeando una mirada de agua con la pena asentada desde siempre. Adriana eran las mejillas sonrosadas y los labios carnosos endémicamente esperanzados. Era una sonrisa luminosa, que daba luz a todo alrededor haciendo que el mundo pareciera más bonito. Adriana tenía sabor a mar y su piel había sido dorada por los mil soles mediterráneos; era cadencia y armonía, movimientos delicadamente felinos, coquetería y seducción, aunque diera la impresión de no saberlo; también era una promesa constante de algo mejor, un sueño inalterable, a pesar del desconsuelo; Adriana era esa esperanza escondida que aguarda renacer con el amor; era su sol y su luna, la sangre, que fluye eterna de unos a otros, haciendo de la vida algo indestructible.
Adriana, en otro tiempo, había sido para él la verdad exquisita, la palabra sincera, el pensamiento bueno, la alegría y la luz; pero desde el embarazo era solo dolor y culpa, una media noche de invierno tan fría y oscura que da miedo; se había convertido en una verdad opaca, tanto que era indescifrable para Miguel; pero, por encima de cualquier otra cosa, Adriana era irrepetible, era única e indispensable, aunque, hasta que la conoció, él no sabía que se pudiera amar de esa manera. La amaba tanto y tanto la necesitaba que Adriana era su tiempo y su espacio, ella era su presente y su pasado, su aquí y su allí, y él no podía hacer nada para defenderse de la epidemia del amor enloquecido, y sabía que ella era su destino inexorable, pero también que arrasaría todo aquello que encontrara a su paso porque tenía tanto poder que con una sola mirada podía desbarartarle la vida. Desde el momento en que la vio y sus ojos se encontraron, Adriana fue principio y fin para él, era y sería eterna porque Miguel sabía, con la certeza con que saben a veces las cosas, que no podría sobrevivirla.






abril-ale dijo
A veces me pregunto si existirá un amor así. Un amor que nos haga olvidarnos de nosotros mismos, más allá de la razón y de toda lógica. Digo de toda lógica, porque amar tan intensamente a alguien que no corresponde de la misma manera. Al final pienso que quizás esa sea la verdadero prueba de amor: dar todo sin recibir en la misma proporción.
En fin...siempre hago un lío. Seguiré "Mil vidas"
Chaveli, besitos y un abrazo de osa. :)
28 Mayo 2009 | 06:23 PM