Mil Vidas
Â
Â
Adriana durante todo su matrimonio se habÃa empeñado en odiar a su marido. Estuvo casada casi cinco años y durante más de cuatro se habÃa esforzado en odiarlo con un empeño tal que habÃa conseguido mostrar un desprecio y aborrecimiento, que no sentÃa, pero que, al observarla, a él no le dejaban lugar a dudas. Miguel estaba seguro de que el amor de su mujer habÃa muerto irremediablemente y se torturaba tratando de averiguar en qué momento y porqué habÃa ocurrido aquella catástrofe. Nunca logró saberlo y murió con el Ãntimo convencimiento de que las lágrimas que ella derramaba junto a su lecho de moribundo eran falsas o que, en cualquier caso, eran provocadas por la culpa, que no por el amor, y se llevó al otro mundo la dolosora duda de no saber cuál habÃa sido el error fatal que lo llevó a perder el alma de aquella mujer irrepetible. Sin embargo, las lágrimas de Adriana eran auténticas, seguramente fueron lo único verdadero que ella se permitió mostrarle, pero ya era demasiado tarde y él no la creyó, ni siquiera cuando después del entierro la persiguió hasta la casa y la vio como sonámbula, tan perdida y confusa que de no ser por el celo con que las vecinas se dedicaba a la tarea de meter las narices en los asuntos ajenos Daniel, que entonces tenÃa tres años, habrÃa muerto de hambre. Nadie le advertió nunca a Adriana de que esas cosas pasan, la muerte espera donde menos la pensamos, y el dolor la pilló tan desprevenida que, los primeros dÃas, creyó que ella también morirÃa, lo deseó con todas sus fuerzas y rezó pidiendo a Dios que también la matara, pero nadie se apiadó de ella y, cuando pasado un mes, se trasladó a la Casa Grande con la abuela, rodeada de todas las comodidades con las que se habÃa criado y que tanto le echó en cara mientras vivÃa, se dio cuenta que de entre todo lo que podÃa seguir echando de menos, lo único que en realidad extrañaba era a su marido y lloró cada noche lacerada por la añoranza y la culpa, agobiada por el recuerdo de todos los años que pudo haber disfrutado con él y que desaprovechó de manera inexcusable y reprochándose duramente por no haber prestado atención a las señales de los espÃritus ni a los mensajes de sus sueños que estuvieron alertándola durante mucho tiempo que no se debe jugar asà con el niño ciego y que serÃa castigada si persistÃa en su estúpido empeño de matar al amor. No los escuchó porque igual que estaba decidida a odiar a su marido también lo estaba a no escuchar a los muertos, que siempre la obligaban a ser honesta, cuando ella lo que querÃa era ser mezquina porque tendrÃa que haber estado casada con el hijo menor de un marqués y viviendo en la ciudad en una gran casa con criados y doncellas y amas de crÃa, rodeada de bailes, de vestidos de seda y de elegantes caballeros y no allÃ, amantando por sà misma a su hijo, cocinando y cosiendo remiendos, viendo como se agostaba su juventud... Y lo miraba (ay) como si todo fuera culpa suya y querÃa odiarlo, pero no lo conseguÃa. Y cuando Miguel murió quiso matarse por haber desperdiciado de esa manera el amor y nunca se arrepintió bastante de no haber escuchado los susurros de los espÃritus.  Y no hubo una noche durante el resto de su vida que se durmiera sin llorar (ay) porque todo era culpa suya y él habÃa sido un buen hombre y ella la peor de las esposas.
Al verla llorar en privado, sufriendo con un dolor tan exagerado y secreto, Miguel se convenció al fin de que lo habÃa amado, aunque su orgullo no le permitiera demostrarlo, y decidió entonces que habÃa llegado la hora de partir en paz al otro lado, pero no era capaz de dejarla y fue alargando su estancia en este mundo un dÃa y otro, queriendo consolarla cada noche y sin atreverse a mostrarle su presencia, encontrando cada amanecer nuevas excusas para quedarse. Cuando ella murió, casi 50 años más tarde, él todavÃa estaba esperándola y pudieron abandonar juntos este mundo, cogidos de la mano y sonriendo como cuando estaban recién casados y paseaban por el rÃo, pero no antes de que ella le reprendiera por haberla dejado sola tantos años en vez de aparecérsele en sueños como hubiera hecho cualquier buen marido. En su otra vida Miguel se habrÃa resentido, pero en aquellos momentos, con la sabidurÃa que da la muerte, supo que no era un verdadero reproche sino la forma en que su mujer expresaba el profundo miedo que sintió todos aquellos años por si no lo encontraba cuando cruzara la puerta eterna o si lo encontraba, pero él, cansado de tanta humillación como le propinó en vida, la habÃa olvidado.
Aquel miedo era una estupidez porque Miguel la amó tanto en vida que incluso le dolÃa dentro como si tuviera algo clavado en el estómago y un amor asà no se acaba con la muerte. No habrÃa dejado de amarla ni aunque no la hubiera visto llorar cada noche, no habrÃa podido olvidarla ni aunque ella hubiera tardado en morir 1000 años y no solo 50.
La amó desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron, le gustaron los ojos llenos de anhelo y devoción, la piel de porcelana y los labios siempre prestos a recibir sus besos, le encantaron sus palabras, sus sonrisas luminosas y sus caricias. Miguel la amó desde siempre y se lo habrÃa demostrado más y mejor y podrÃa haberla hecho feliz sino fuera porque, transcurridos apenas 6 meses de casados, ella empezó a darle pan con hiel cada dÃa y asà fue ya hasta su muerte. Se agotaron las sonrisas, se perdió la esperanza de sus ojos y el amor se ahogó en sus labios. Tan lacerantes eran sus palabras y tan hirientes sus miradas que durante casi dos años Miguel se levantó cada mañana para ir a trabajar y salió de la casa jurándose que no volverÃa, la abandonarÃa para que viviera sola con su orgullo a ver cómo se las apañaba, que a él mejor le hubiera ido casado con cualquier moza del campo, a quién se le ocurrÃa, meter en su casa a una bruja con ojos de gato que hablaba con los muertos, mujer de mala suerte, no volverÃa, no, cogerÃa caminito y se marcharÃa sin volver la vista atrás, sin importarle si estaba viva o muerta, si tenÃa que ir a humillarse delante de su abuela o si se casaba con el marquesito ese que la habÃa pretendido, por él que se pudriera, que ya no iba a consentirle más tonterÃas, que a un hombre no se le podÃa tratar asà y menos a un hijo de su padre, que no, que ya ni le importaba que tuviera un hijo suyo, que se quedara la casa y las tierras y todo que él se iba para siempre, para los restos; por su madre, que estaba enterrada, por todos sus muertos, que esta vez ya no volvÃa.
Pero cada tarde invariablemente retomaba el camino a casa, aunque supiera que iba al encuentro de una mujer que no se dignaba mirarle, que en vez de ponerle el plato sobre la mesa se lo tiraba con desprecio, que le reprochaba que el niño habÃa llorado durante la siesta, que habÃa encontrado una nueva arruga en su piel perfecta o que las gallinas no habÃan puesto huevos aquel dÃa... como si todo lo malo que pasaba (ay) fuera culpa suya. ‘Mira dónde me tienes viviendo y todavÃa preguntas qué me pasa'  Y él se acostaba con una pena oscura hiriéndole las entrañas, con los ojos arrasados por las lágrimas y un nudo en la garganta que le hacÃa daño al respirar y a la mañana siguiente otra vez la misma sarta de falsos juramentos mientras se alejaba de la casa... Pero regresaba y regresarÃa siempre mientras tuviera un hálito de vida porque cada vez que ella pasaba por su lado, cada vez que sentÃa su olor o se encontraba con sus ojos, solo con verla andar o amamantar al niño, únicamente con recordar el roce de su piel (ay) se quedaba sin respiración.
(Continuará... o no, depende de vosotros)







abril-ale dijo
¿Cómo qué no? Que continúe, me atrapó.
Besitos y buena semana que empieza. :)
25 Mayo 2009 | 08:34 PM