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La Coctelera

chavela

Y, sin embargo, se mueve

25 Mayo 2009

Mil Vidas

 

 

Adriana durante todo su matrimonio se había empeñado en odiar a su marido. Estuvo casada casi cinco años y durante más de cuatro se había esforzado en odiarlo con un empeño tal que había conseguido mostrar un desprecio y aborrecimiento, que no sentía, pero que, al observarla, a él no le dejaban lugar a dudas. Miguel estaba seguro de que el amor de su mujer había muerto irremediablemente y se torturaba tratando de averiguar en qué momento y porqué había ocurrido aquella catástrofe. Nunca logró saberlo y murió con el íntimo convencimiento de que las lágrimas que ella derramaba junto a su lecho de moribundo eran falsas o que, en cualquier caso, eran provocadas por la culpa, que no por el amor, y se llevó al otro mundo la dolosora duda de no saber cuál había sido el error fatal que lo llevó a perder el alma de aquella mujer irrepetible. Sin embargo, las lágrimas de Adriana eran auténticas, seguramente fueron lo único verdadero que ella se permitió mostrarle, pero ya era demasiado tarde y él no la creyó, ni siquiera cuando después del entierro la persiguió hasta la casa y la vio como sonámbula, tan perdida y confusa que de no ser por el celo con que las vecinas se dedicaba a la tarea de meter las narices en los asuntos ajenos Daniel, que entonces tenía tres años, habría muerto de hambre. Nadie le advertió nunca a Adriana de que esas cosas pasan, la muerte espera donde menos la pensamos, y el dolor la pilló tan desprevenida que, los primeros días, creyó que ella también moriría, lo deseó con todas sus fuerzas y rezó pidiendo a Dios que también la matara, pero nadie se apiadó de ella y, cuando pasado un mes, se trasladó a la Casa Grande con la abuela, rodeada de todas las comodidades con las que se había criado y que tanto le echó en cara mientras vivía, se dio cuenta que de entre todo lo que podía seguir echando de menos, lo único que en realidad extrañaba era a su marido y lloró cada noche lacerada por la añoranza y la culpa, agobiada por el recuerdo de todos los años que pudo haber disfrutado con él y que desaprovechó de manera inexcusable y reprochándose duramente por no haber prestado atención a las señales de los espíritus ni a los mensajes de sus sueños que estuvieron alertándola durante mucho tiempo que no se debe jugar así con el niño ciego y que sería castigada si persistía en su estúpido empeño de matar al amor. No los escuchó porque igual que estaba decidida a odiar a su marido también lo estaba a no escuchar a los muertos, que siempre la obligaban a ser honesta, cuando ella lo que quería era ser mezquina porque tendría que haber estado casada con el hijo menor de un marqués y viviendo en la ciudad en una gran casa con criados y doncellas y amas de cría, rodeada de bailes, de vestidos de seda y de elegantes caballeros y no allí, amantando por sí misma a su hijo, cocinando y cosiendo remiendos, viendo como se agostaba su juventud... Y lo miraba (ay) como si todo fuera culpa suya y quería odiarlo, pero no lo conseguía. Y cuando Miguel murió quiso matarse por haber desperdiciado de esa manera el amor y nunca se arrepintió bastante de no haber escuchado los susurros de los espíritus.  Y no hubo una noche durante el resto de su vida que se durmiera sin llorar (ay) porque todo era culpa suya y él había sido un buen hombre y ella la peor de las esposas.

Al verla llorar en privado, sufriendo con un dolor tan exagerado y secreto, Miguel se convenció al fin de que lo había amado, aunque su orgullo no le permitiera demostrarlo, y decidió entonces que había llegado la hora de partir en paz al otro lado, pero no era capaz de dejarla y fue alargando su estancia en este mundo un día y otro, queriendo consolarla cada noche y sin atreverse a mostrarle su presencia, encontrando cada amanecer nuevas excusas para quedarse. Cuando ella murió, casi 50 años más tarde, él todavía estaba esperándola y pudieron abandonar juntos este mundo, cogidos de la mano y sonriendo como cuando estaban recién casados y paseaban por el río, pero no antes de que ella le reprendiera por haberla dejado sola tantos años en vez de aparecérsele en sueños como hubiera hecho cualquier buen marido. En su otra vida Miguel se habría resentido, pero en aquellos momentos, con la sabiduría que da la muerte, supo que no era un verdadero reproche sino la forma en que su mujer expresaba el profundo miedo que sintió todos aquellos años por si no lo encontraba cuando cruzara la puerta eterna o si lo encontraba, pero él, cansado de tanta humillación como le propinó en vida, la había olvidado.

Aquel miedo era una estupidez porque Miguel la amó tanto en vida que incluso le dolía dentro como si tuviera algo clavado en el estómago y un amor así no se acaba con la muerte. No habría dejado de amarla ni aunque no la hubiera visto llorar cada noche, no habría podido olvidarla ni aunque ella hubiera tardado en morir 1000 años y no solo 50.

La amó desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron, le gustaron los ojos llenos de anhelo y devoción, la piel de porcelana y los labios siempre prestos a recibir sus besos, le encantaron sus palabras, sus sonrisas luminosas y sus caricias. Miguel la amó desde siempre y se lo habría demostrado más y mejor y podría haberla hecho feliz sino fuera porque, transcurridos apenas 6 meses de casados, ella empezó a darle pan con hiel cada día y así fue ya hasta su muerte. Se agotaron las sonrisas, se perdió la esperanza de sus ojos y el amor se ahogó en sus labios. Tan lacerantes eran sus palabras y tan hirientes sus miradas que durante casi dos años Miguel se levantó cada mañana para ir a trabajar y salió de la casa jurándose que no volvería, la abandonaría para que viviera sola con su orgullo a ver cómo se las apañaba, que a él mejor le hubiera ido casado con cualquier moza del campo, a quién se le ocurría, meter en su casa a una bruja con ojos de gato que hablaba con los muertos, mujer de mala suerte, no volvería, no, cogería caminito y se marcharía sin volver la vista atrás, sin importarle si estaba viva o muerta, si tenía que ir a humillarse delante de su abuela o si se casaba con el marquesito ese que la había pretendido, por él que se pudriera, que ya no iba a consentirle más tonterías, que a un hombre no se le podía tratar así y menos a un hijo de su padre, que no, que ya ni le importaba que tuviera un hijo suyo, que se quedara la casa y las tierras y todo que él se iba para siempre, para los restos; por su madre, que estaba enterrada, por todos sus muertos, que esta vez ya no volvía.

Pero cada tarde invariablemente retomaba el camino a casa, aunque supiera que iba al encuentro de una mujer que no se dignaba mirarle, que en vez de ponerle el plato sobre la mesa se lo tiraba con desprecio, que le reprochaba que el niño había llorado durante la siesta, que había encontrado una nueva arruga en su piel perfecta o que las gallinas no habían puesto huevos aquel día... como si todo lo malo que pasaba (ay) fuera culpa suya. ‘Mira dónde me tienes viviendo y todavía preguntas qué me pasa'  Y él se acostaba con una pena oscura hiriéndole las entrañas, con los ojos arrasados por las lágrimas y un nudo en la garganta que le hacía daño al respirar y a la mañana siguiente otra vez la misma sarta de falsos juramentos mientras se alejaba de la casa... Pero regresaba y regresaría siempre mientras tuviera un hálito de vida porque cada vez que ella pasaba por su lado, cada vez que sentía su olor o se encontraba con sus ojos, solo con verla andar o amamantar al niño, únicamente con recordar el roce de su piel (ay) se quedaba sin respiración.

(Continuará... o no, depende de vosotros)

Tags: ficcion

servido por chavela 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

abril-ale

abril-ale dijo

¿Cómo qué no? Que continúe, me atrapó.

Besitos y buena semana que empieza. :)

25 Mayo 2009 | 08:34 PM

lilian fernandez

lilian fernandez dijo

Chavela como he hechado de menos tus relatos. Como siempre enganchan hasta el finarl BESOS

25 Mayo 2009 | 11:18 PM

politica-y-opinion

politica-y-opinion dijo

Aunque es un relato triste..., intenta continuarlo...

25 Mayo 2009 | 11:30 PM

rosa-rizalas

rosa-rizalas dijo

¿Cómo que depende de nosotros? Por favor no hagas que caiga sobre nuestras cabezas semejante responsabilidad. Y si por desgracia decides que no nos merecemos que continúe, no te hagas caso.

Es precioso.

Un saludo

26 Mayo 2009 | 01:04 AM

Janton

Janton dijo

Yo creo que todo el que lo lea querrá que continúe.

A mí desde luego me gustaría.

Tienes una forma hermosa de escribir...

26 Mayo 2009 | 12:31 PM

mayye

mayye dijo

Hermoso relato de una triste historia.
Por favor no nos dejes esperando mucho rato...
¡Un placer haberte encontrado!

26 Mayo 2009 | 05:44 PM

lupita v de mosso

lupita v de mosso dijo

Me encanto...espero lo que sigue, Chavela, eres escritora, aprte de profecional, y culta, que bien, besitos. Lupita

28 Mayo 2009 | 11:03 PM

lupita v de mosso

lupita v de mosso dijo

Me encanto...espero lo que sigue, Chavela, eres escritora,aparte de profecional, y culta, que bien, besitos. Lupita

28 Mayo 2009 | 11:03 PM

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Sobre mí

No hay mucho para contar sobre mí, soy una persona normal con mis desequilibrios y mis traumas, pero también con mis momentos de sensatez y hasta de felicidad. Amo el cine y la lectura, con una buena novela entre mis manos me olvido del mundo. Y Odio el invierno y el frío, me gusta el sol, los días claros y luminosos, el mar y el calor.
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