18.000 amaneceres

Ayer una de mis tías me dijo que ha visto 18.000 amaneceres y lo peor, me decía, es que no ha disfrutado ninguno porque siempre pensó que el amanecer ideal estaba esperándola en algún otro momento del futuro, pero no ha habido nada más, ninguna emoción inesperada ni definitiva, su día a día ha sido todo y ahora, cerca de su cumpleaños, piensa que se le ha pasado la vida mientras asumía que todavía le quedaba tiempo, que la vida no era eso, esa serie inacabable de días iguales, sino que había otra cosa, algo más, que la esencia de la felicidad estaba esperándola agazapada en alguna parte, escondida y esperándola, mientras ella deseaba con todas sus fuerzas encontrarla y así día tras día hasta sumar 18.000.
Casi medio siglo resumido en una cifra tan exagerada y ridícula. Una vida entera de penas y alegrías, de sinsabores y felicidad, siempre bordeada con los punzantes picos de la esperanza y la desesperación, una vida de trabajo, de sol y de lluvia, de mar mediterráneo y arena que quema bajo los pies; las coletas para ir al colegio muy apretadas, tanto que tiran de la piel de la cara; la rayuela con las amigas en la calle; hace demasiado calor; la primera menstruación como algo místico y secreto; las monjas me dan en los dedos con la regleta de madera si me equivoco en el piano, pero estoy contenta porque las vecinas dicen que soy la más guapa del barrio y me sale un novio, el primero, que escribe unas cartas muy mal escritas, pero que me hacen más ilusión que un poema de Neruda y es viernes y hoy puedo salir a tomarme un helado a la plaza y luego vamos al cine; ya es casi verano, he terminado el bachiller y quiero ir a la universidad, pero no puedo: las mujeres no estudian, se casan. Unas vacaciones en Mallorca, la piel dorada por el sol y un tinte que no queda bien porque es demasiado rubio y no sé cocinar y no sé qué hacer. Recién casada y un marido que no está nunca en casa, me paso los días bordando y los hijos que no llegan y cuando llegan sen van antes de nacer, un aborto y otro, ‘el útero es infantil, no se ha desarrollado'. Y un día y otro, demasiada ropa, en la habitación de los niños voy a hacer un despacho. Mi madre ha muerto, murió ayer. Y, como Juana la Loca, mi madre ha muerto, mi marido me engaña, mi madre ha muerto, mi marido... tengo ganas de gritar, pero no grito, me tomo un ansiolítico. Él tiene una hija, mi marido es padre, pero yo no soy madre, a mí nadie me llorara cuando me entierren, nadie pondrá en la lápida: ‘Tus hijos no te olvidan' Y llega el divorcio, el primero del barrio. Y otras mujeres me miran con lástima, como si tuviera una enfermedad incurable, y redoblo los ansiolíticos y cuando no me hacen efecto me paso a los anti-depresivos, me tomo uno y me duermo, pero ya no, ahora necesito más de uno. Y pienso en adoptar un niño, pero no me atrevo porque estoy sola y pienso que lo haré más adelante, cuando me encuentre mejor y ese momento no llega. Y de pronto, me miro al espejo y no sé cómo ha ocurrido, la piel se me ha caído, tengo los ojos cansados y el pelo sin brillo, ¿pero cómo ha pasado esto? ¿Dónde está mi juventud?
Me siento igual que cuando llevaba coletas, era tan guapa, tan guapa y por dentro no he cambiado, pero el espejo no miente, no cabe duda, 18.000 amaneceres y sé, por primera vez sé más allá de toda duda, que se me ha escapado la vida mientras la esperaba, se me ha evaporado entre los dedos como si fuera agua y hay tantas cosas que quería hacer y nunca he hecho, y ya no hay tiempo, ya no hay tiempo y descubro una verdad esencial que solo descubrimos cuando ya no queda tiempo para disfrutarla: La felicidad se encuentra escondida en la sala de espera de la felicidad.






cafe-paris dijo
Uff, mucha emoción en esos amaneceres. Felicidades por el relato y muchas felicidades a tu tía. Esperando tanto de la vida no tuvo tiempo de disfrutarla, regalale un amanecer. Un beso.
19 Mayo 2009 | 06:17 PM