Sobre mis fantasmas, supongo
Esta mañana me ha parecido que no iba a amanecer. Tan oscuro estaba el día y tan poco acostumbrados estamos aquí a que nubes de tormenta escondan el sol, que he creído que por algún misterioso motivo el despertador había sonado una hora antes, pero no era así y, aterrorizada, me he quedado mirando el cielo, expectante, como parecía estar la propia naturaleza, con la taza de café caliente aún entre las manos.
Me ha dado miedo, sí, como si presintiera algo lejano y oscuro avecinándose. Hacía mucho tiempo que no teníamos un día tan lúgubre, que yo recuerde en todo el invierno pasado no hubo ni un solo amanecer tan oscuro y triste, puede que el anterior tampoco.
Me he acordado entonces de otra mañana igual, de hace diez años, en la que el amanecer pareció retrasarse hasta que las nubes descargaron la tormenta sobre nosotros y hasta los pájaros, mudos y escondidos, esperaban la llegada del sol para revivir.
Esa mañana, como la de hoy, el silencio, antes de que empezaran a pasar madres con sus niños al colegio y coches apresurados, era sobrecogedor. Aquel día no tuve tiempo de disfrutarlo y solo mucho después, cuando ya el trauma del dolor había ido disminuyendo, me di cuenta de que la naturaleza había parecido conjugarse con nuestro estado de ánimo, en una suerte de confabulación que evitara un ambiente agradable y alegre de sol cuando nuestras almas estaban oscurecidas por uno de los dolores más terribles que me ha tocado pasar en la vida.
Sin embargo, cuando el dolor cedió un poco, dio paso a algo más terrible, la culpabilidad, pero ya para entonces el sol había vuelto y el cielo había dejado de compadecerse de mí.
“Pesan los muertos”, me decía una persona muy querida que también se fue para allá, “porque siempre quedan cosas que decir, cosas por hacer” Es cierto. Pasada la ineludible añoranza y el dolor del recuerdo, cuando ya somos capaces de evocar buenos momentos sin sentir que el alma es desgarrada por mil punzantes agujas, cuando ya solo nos queda amor por la persona que se fue y aceptación ante su marcha inevitable, llega enigmática y confusamente el remordimiento, como una sombra, por el peso lacerante de todo aquello que debimos haberle dicho, porque se fue sin saber “esto”, porque quizá no recordaba ya lo mucho que lo amábamos, porque se nos olvidó decirle qué tan importante había sido en nuestras vidas, porque siempre aplazábamos el abrazo o la tarde de paseo que esa persona deseaba y que, ahogados en un mar de obligaciones, nunca pudimos darle.
Eso también se pasa, nos consolamos pensando que lo sabía, que es una necedad pensar que él ignorara que lo amamos. La culpa, como todo en realidad, pasa con el tiempo, aunque en el fondo nada se olvide.
Siempre queda doliendo algo dentro, como un fantasma quejumbroso que solo viniera a presentarse mañanas como la de hoy, para recordarnos que no siempre fue así nuestra vida, para que no olvidemos. Molesta sin saber cómo ni porqué, se acomoda a nuestro lado y nos perturba como una piedrecita en el zapato o un malestar físico leve, que no fuéramos capaces de situar con exactitud.
Nunca volvemos a ser los mismos, aunque en apariencia lo parezcamos. Nunca volvemos a reír con la misma risa ni a llorar con las mismas lágrimas. Solo la risa de los niños es absolutamente sincera, solo su felicidad es franca y sin matices porque solo ellos ignoran el excesivo y trágico dolor que trae aparejada la muerte.
El mes que viene hace 25 años que murió mi madre. Mi padre, felizmente casado por segunda vez, me dice en ocasiones que aún sueña con ella y que hay veces que cree verla incluso despierto.
Murió recién casada, cuando yo tenía muy pocos meses de vida. La muerte me ha perseguido desde mi nacimiento como un amante pertinaz, pero ahora, después de un cuarto de siglo de convivencia, ya somos amigas. Me saluda cuando pasa a mi lado y hablamos horas interminables sobre el porqué de las cosas. Nunca me ha revelado los secretos que yo desearía desentrañar, pero me sonríe cuando la sorprendo observándome y ya no tengo miedo de sus miradas. He aprendido a aceptarla como algo inapelable y no del todo terrible.
La muerte ha estado tan a mi lado y tan desde siempre que muchos pensaron que yo nunca llegaría a nacer. El milagro de mi vida se lo debo completamente a mi madre, que decidió que yo naciera, a pesar de todo.
Pero no es de ella de quien hablo en este post o al menos no completamente; cuando ella se marchó, yo era un bebé de pocos meses y no soy capaz de recordarla. Ese olvido inexorable de los niños también me ha atormentado en ocasiones. ¿Cómo es posible que no recuerde ni su voz ni una sola de sus miradas? ¿Cómo es posible?
No sé porqué me ha dado por pensar en todo esto, debe ser que está muy triste y oscura la mañana.











lascosasdepepe dijo
son tus sentiemientos.. un abrazo.
que pases una buena tarde.
17 Septiembre 2008 | 05:17 PM