Sobre mi trabajo, creo
Hoy toca tragedia humana. Mejor dicho me tocó ayer, pero os la cuento esta mañana que estoy algo más inspirada para escribir, aunque no mucho, así que sed benevolentes.
Tengo un nudo en el estómago desde ayer por la mañana que no consigo que desaparezca ni lo conseguiré mientras siga implicándome tanto en los problemas ajenos, como dice mi jefe, y mientras siga prometiendo cosas que van más allá de mis obligaciones, como dice mi compi. Ambos se han negado a ayudarme para que aprenda a deshumanizarme en el trabajo, eso dicen, así que estoy más sola que nunca, solo dándole vueltas a la cabeza, pensando en lo puta que es la vida (si me permitís la expresión) y con el teléfono en la oreja, sin parar de llamar a ver si consigo ayuda de alguien. Mi compi me observa de vez en cuando por encima de la pantalla de su ordenador, piensa que no me doy cuenta, pero por el rabillo del ojo yo también la observo. Así llevamos desde ayer, esta mañana ni siquiera nos hemos saludado al entrar, pero nos vigilamos, no estamos acostumbradas a trabajar así, tan en silencio, mis jefes deben estar contentísimos. La raíz de todo esto viene de muy atrás, pero el desencadenante fue ayer.
Por la mañana, llegaron dos policías locales a la oficina preguntando si nosotras podíamos ayudarlos. Los atendí yo. Traían en calidad de detenidos, pero aún sin presentar denuncia, a tres muchachos latinoamericanos, en concreto, ecuatorianos a los que unos trabajadores de Limusa, mientras saneaban la zona la madrugada anterior, habían encontrado durmiendo debajo de un puente, en el lecho seco del río. Tenían colchones, mantas, una pequeña hornilla y, debido a la ultra-moderna forma del puente, los frecuentes viandantes no podían verlos. Nos contaron los policías que los trabajadores primero los habían confundido con basura (así de duro) porque estaban durmiendo envueltos de pies a cabeza en sábanas sucias, pero que al acercarse con las mangueras se dieron cuenta que uno de los bultos se movía. Los despertaron y un poco asustados llamaron a la policía que se personó en el lugar para comprobar que efectivamente los tres muchachos estaban viviendo debajo del puente. Les permitieron algo de intimidad para que recogieran sus cosas y se los llevaron detenidos. Habían pasado la noche en comisaría sin que nadie supiera muy bien qué hacer con ellos, la ley de ‘vagos y maleantes’ ya no está en vigor (gracias a Dios) y nadie había presentado en realidad una denuncia, pero tampoco querían dejarlos en la calle, creo que más por razones humanitarias que por otra cosa, así que después de toda una noche dándole vueltas alguien se había acordado y nos los traían a nosotras a ver qué podíamos hacer con ellos. Los tres muchachos entraron a la oficina mirando al suelo y en silencio, evidentemente avergonzados y sucios. Los policías nos dijeron que ellos afirmaban llevar solo tres días así, nos dieron sus datos y se fueron, desentendiéndose completamente del asunto y con incuestionable expresión de alivio.
Entramos en el despacho de dentro para hacerles la ficha (tengo que hacérsela a todo el que hace uso de nuestros servicios para después justificar los presupuestos, etc.), la toma de datos no suele llevarse a cabo en privado, pero en este caso hice una excepción. Les miré con la mejor de mis sonrisas, intentando dar algo de calidez a aquel momento y a cambio obtuve sonrisas que trataban de ser sinceras, pero que no salían del estupor y la vergüenza. ‘¿Queréis un café o algo?’ Me pidieron agua y yo se la pedí a mi compi, que, a partir de ahí, participó en todo el proceso como observadora silente, nada raro en ella que suele decirme: ‘Del trato humano te encargas tú’, y luego, claro, me ayuda con las gestiones, pero en este caso no.
‘¿Qué os ha pasado?’, les pregunté. Y la historia que me contaron, aunque pueda resultar para alguno sorprendente o increíble no deja de brillar dolorosamente conocida en estos tiempos de crisis más o menos latente y de deshumanización de la sociedad. Eran trabajadores del campo, habían vivido en un mismo piso compartiendo el alquiler durante dos años y los tres se habían quedado parados casi al mismo tiempo hacía casi cuatro meses. Ninguno de ellos tenía derecho a cobrar paro. Así pues, casi sin ahorros y sin trabajo, pagaron la mitad del alquiler del primer mes y lo demás lo usaron para comida, el segundo mes no pudieron pagar y cuando éste llegaba a su fin un día se encontraron las maletas en la puerta y la cerradura cambiada. El dueño los había echado después de dos años porque le debían un mes y medio de alquiler. Los tres recurrieron a amigos y conocidos que les prestaron cama un par de noches, pero que después invariablemente les pedían que se marcharan, los tres tenían promesas de trabajo para mediados o finales de este mes cuando empiece la campaña fuerte de lechuga, ninguno sabía qué hacer ante esa situación, ninguno tiene familia aquí y desesperados acabaron durmiendo debajo del puente, donde llevaban dos semanas y no tres días como le habían dicho a la policía por miedo a que las represalias fueran mayores y sospecho que también por vergüenza. No tenían posibilidad de pagar la fianza y el alquiler de un piso nuevo, al menos hasta que no hubieran cobrado por lo menos un mes. Durante ese tiempo, habían estado trabajando aquí y allá, haciendo ‘chapuzas’ como me dijeron y cargando sandía o cogiendo fruta sin que les dieran de alta, lo cual era suficiente para la comida, pero para poco más. Después de contarme la historia uno se echó a llorar con lágrimas silenciosas, los otros dos siguieron cabizbajos. Si he de ser sincera yo tampoco sabía qué hacer y, a juzgar por la expresión de mi compi, ella estaba tan perpleja como yo.
Nadie puede estar seguro del suelo que pisa, esa es una verdad inexorable, hoy estamos aquí y mañana quién sabe, quizá un terremoto de cualquier índole lo arruine todo, la vida puede cambiar para bien o para mal cada vez que respiramos. Nadie está libre del pecado de verse sin nada, ellos además no tenían aquí una familia que les pueda echar una mano. Así que los mandé al albergue de transeúntes para que, de momento, puedan ducharse y dormir bajo techo, aunque allí por disposiciones municipales una persona no puede pasar más de cinco días consecutivos ni durante el mismo mes, así que el martes por la mañana volverán a estar en la calle. Por ser una tragedia humana que vemos muy de lejos, pero de la que en realidad nadie está a salvo, noté que me tocaba alguna fibra sensible, quizá también porque últimamente tengo los sentimientos a flor de piel. Así que les prometí que para el martes les habría buscado trabajo y un sitio donde vivir hasta que cobren. Lo dije con estas palabras: ‘Os lo prometo, ya no vais a tener que dormir más en la calle’ Cuando se fueron, mi compi me miró algo enfadada, suele enfadarse cuando hablo con usuarios a nivel personal, y me dijo: ‘¿Cómo se te ocurre prometer una cosa así?’ Afirma que la esperanza es lo más peligroso que se le puede dar a alguien a punto de derrumbarse. Mi jefe, después de consultado, opinó igual. Y aquí estoy, llamando, llamando, llamando. Ya les tengo trabajo, eso no ha sido muy difícil, tirando de favores aquí y allá, en los almacenes y en el campo puede meterse una persona o dos sin muchos problemas, son empresas fiables, les darán de alta y cobrarán su mes religiosamente. Lo de la vivienda es más complicado, para un piso harían falta unos 1.000€ en la fianza y el alquiler del primer mes, habitaciones por separado hay, pero les piden entre 150 y 300€ para entrar. Y ya estoy tirando de ONG y asociaciones varias a ver si encuentro algo. Mientras escribo estas palabras, mi compi sigue observándome incrédula, quizá piensa que estoy escribiendo ya el contrato de arrendamiento o que me iba a rendir sin presentar batalla, tal vez le gustaría ayudarme, pero me juró ayer que no lo haría, que es mi problema y que yo veré. Es muy orgullosa, tanto como yo, aunque para ser sincera, necesito ayuda y estoy a punto de pedirla por encima de la soberbia, porque no encuentro a nadie que tenga una habitación para darles y he pensado empezar a llamar a inmobiliarias, famosas como todos sabemos por su humanidad, como sé que no es buena idea en dos ocasiones he estado a punto de decirle '¿Se te ocurre alguien que tenga pisos de acogida o camas?'. Pero no lo he hecho porque cuando la miro la veo mirándome y estoy esperando a ver si da ella el primer paso. Ya veremos. Por lo pronto, deseo cumplir mi promesa, no por el orgullo de ganar, sino porque de verdad quisiera poder ayudarlos.












1971 dijo
TIENES UN CORAZON ENORME.
1 Agosto 2008 | 12:05 PM