¿Y qué?
'Y qué?', menuda respuesta tan estúpida. 'Es que siento que ya no te quiero', y él habÃa respondido 'y qué?' y ella se quedó mirándolo como si le acabara de hacer un daño impensable, como si la acabara de herir y abandonar, cuando era ella la que lo estaba dejando a él. Asà de simple habÃa sido, dos años de relación se habÃan ido sin más y él se quedó pensando que fue su estúpida respuesta lo que habÃa provocado la ruptura y, por ende, el dolor que ahora le atenazaba la boca del estómago y no el cruel 'ya no te quiero' que ella le habÃa escupido en la cara. Se le quedó la sensación de culpa porque ella no respondió nada a la lacónica pregunta- respuesta, si no que se quedó mirándolo con ojos de ciervo moribundo (era maestra en miradas con un doctorado en manipulación) y desapareció por la boca del metro. Asà de simple habÃa sido, asà de fácil.
Por eso, a pesar del aire frÃo que soplaba y de las amenazadoras nubes, decidió volver a su casa dando un paseo, en vez de coger el bus. Craso error. Llevaba una sudadera fina, de entre tiempo, y, en cuanto estuvo lo bastante cerca como para que no mereciera la pena esperar el autobús, pero aún lo bastante lejos para acabar hecho una sopa, empezó a llover. No fue una llovizna fina, tan tÃpica en la ciudad, no, fue una lluvia que parecÃa el puto diluvio universal, una lluvia como si se fuera a acabar el mundo.
Y él siguió andando porque casi no le merecÃa la pena correr ahora que su vida terminaba y porque de todas formas no iba a llegar más seco si se mataba de una carrera. Se refugiaba en los balcones, andaba evitando charcos y estaba aún relativamente seco cuando un mercedes a toda pastilla lo bañó de la cabeza a los pies. Le enseñó su dedo corazón a las luces traseras del coche a la vez que gritaba: 'Hijo de puta!' con toda su alma. A continuación, se quedó un momento parado y le entró una risa histérica, de esas que no hay forma de parar. Ahora sà que de verdad, de verdad de la buena, palabrita del niño Jesús, todo era una puta mierda, ahora sÃ.
Conoció a Ana cuando su vida aún tenÃa sentido, cuando era un buen estudiante de empresariales, y sus únicos vicios eran salir con los colegas y meterse una ralla muy de vez en cuando. Entonces él era un peluche al que todas las chicas querÃan abrazar y llevarse a dormir a casa, un chico guapo, simpático, tierno, que siempre tenÃa dinero y que caÃa bien a todo el mundo. Y ella era guapa, muy guapa y prometedora. SeguÃa siéndolo, pero él no. Y no era capaz de recordar en qué momento todo se habÃa ido a tomar por el culo. Y ella le habÃa perdonado una y otra vez, le habÃa prestado dinero para pagar las deudas de la coca (dinero que nunca habÃa podido devolverle), le habÃa recogido en urgencias después de alguna pelea, le habÃa ayudado siempre... Y ahora, ahora que la necesitaba más que nunca, que el chino le amenazaba con matarlo si no le pagaba lo que le debÃa, ahora que estaba más en la mierda que nunca, llegaba ella con su preciosa carita y su mirada triste a decirle que ya no le querÃa. A la mierda, a tomar por culo la muy puta... No, por eso se sentÃa culpable, por eso tenÃa un nudo en el estómago, por eso no paraba de pensar en los preciosos ojos azules mirándolo doloridos, porque sabÃa que era culpa suya, no de la sociedad, ni de los amigos, ni de la maldita droga, ni de sus padres, ni de nadie, era total y absolutamente culpa suya... Pero no podÃa recordar en qué momento todo se habÃa ido a la mierda.
Y ahora estaba allÃ, de pie bajo la lluvia como un jilipollas, pensando en el dinero que le debÃa al chino, en todos los colegas que ya no contestaban al móvil y en sus preciosos ojos diciéndole 'ya no te quiero'
¿Y qué? No era una respuesta tan estúpida después de todo. ¿Y qué si los únicos amigos que le quedaban eran los que solo querÃan aprovecharse de él cuando tenÃa dinero? ¿Y qué si Ana ya no lo querÃa? ¿Y qué si su madre lloraba por él dÃa sÃ, dÃa también? ¿Y qué si habÃa suspendido? ¿Y qué si el chino lo mataba porque era absoluta, total y previsiblemente imposible que consiguiera 2.500€ antes del sábado? ¿Y qué? Todos a tomar por culo, a la mierda el mundo y la lluvia y su familia y el puto sentimiento de culpa que no le dejaba respirar. A la mierda.
Casi se cae, tropezó con algo que colgaba en la acera desde un portal. Al darse la vuelta lo vio. Unas piernas esqueléticas, envueltas en lo que parecÃa ser un pijama andrajoso, salÃan del portal. Un yonqui se habÃa refugiado allà de la lluvia. DebÃa de tener su edad, aunque parecÃa un cadáver. Mechones de pelo grasiento caÃan sobre un rostro que parecÃa momificado. Mejillas hundidas, piel como papel de fumar, ojos vacÃos... 'Es tu futuro, chaval' Qué va, yo no, a mà la heroÃna no. 'Eso decÃas de la coca' Nervioso buscó en los bolsillos del pantalón y sacó 30€, todo lo que le tenÃa en el mundo. Una mano temblorosa salió de entre los despojos de aquel cuerpo extendida, esperando la limosna, un euro, dos... se lo dio todo. No fue por el sentimiento de culpa, no fue por pena ni compasión ni solidaridad, no era capaz de decir porqué habÃa hecho algo tan estúpido, 30€ a un yonqui, todo lo que le quedaba. ¿Y qué? Era mejor que gastárselos en otra cosa. Siguió andando calle abajo, a la vuelta de la esquina estaba su casa. Ya estaba llegando. Se ducharÃa, se pondrÃa ropa seca y su madre le harÃa la cena. Se irÃa a la cama sin hambre ni frÃo y se acostarÃa bien arropado sobre un colchón nuevo, que su madre habÃa comprado para cuidarle la espalda. El pobre desgraciado de la calle quizá ni siquiera dormirÃa hasta que consiguiera su siguiente dosis. Los 30€ mejor usados de su vida.
Se sentÃa mejor, ya no le importaba tanto que al dÃa siguiente fuera jueves y que el fatÃdico sábado estuviera solo a la vuelta de la esquina, ni tener que esconderse de todos los amigos a los que debÃa dinero, ni lo que habÃa pasado con Ana ni las miradas de doloroso reproche de su madre, que hacÃa tiempo no se atrevÃa casi ni a hablar con él. Ya no, el mundo de pronto le parecÃa un lugar mejor. Ni siquiera le molestó, al menos no mucho, que justo cuando llegaba al portal de su casa dejara de llover de golpe y el cielo se cuajara de estrellas, aunque sin saber porqué se acordó de toda la familia, ascendientes y descendientes, del cabrón desgraciado de Noé y su puta arca.

