Voy a ausentarme durante un tiempo, no sé cuanto. Siento dejar la historia que estaba publicando a medias, y lo lamento más por mí, que me apetecía compartirla, que por vosotros, que amablemente la habéis seguido y comentado sin hacerme notar que la calidad de la redacción no era la mejor posible y que desde luego no era tan interesante como para que os martirice con su lectura.
Espero sepáis disculparme y no me olvidéis. Yo no os olvidaré y volveré en cuanto pueda. De todas formas, creo que todos mis amigos tendrán mi mail y podremos seguir en contacto siempre que os apetezca.
Miguel solía mirarse al espejo a veces. Era una costumbre que no había practicado nunca porque no era cosa de hombres ser presumido. Sin embargo, desde que su mujer comenzó a despreciarlo no podía evitar quedarse observando su propio reflejo al afeitarse o lavarse la cara. Se miraba y podía notar la tristeza en el fondo de sus ojos, la expresión avejentada del que ha perdido toda ilusión. A veces lloraba o apretaba los puños con rabia como si quisiera destruir la imagen que le observaba desde el cristal. Y la recordaba y el recuerdo le hacía daño. Ella estaba allí, en la habitación de al lado, durmiendo, y, sin embargo, la sentía como a mil kilómetros. No se atrevía a asomarse a mirarla ni a darle un beso de despedida, a pesar de que ella nunca se atrevió a rechazarlo en el lecho. Solo al irse se permitía contemplarla unos instantes antes de salir. En alguna ocasión ella le sorprendió con los ojos fijos en su cuerpo yacente y le reprendió con sarcasmo. ‘¿Qué crees? ¿Qué te miro a ti? Ni que fueras tan guapa' Pero lo era, para él por lo menos, la más hermosa y después de irse su imagen le perseguía haciéndole sentir inferior, doliéndole como un fantasma quejumbroso que lo persiguiera para saldar alguna cuenta pendiente, recordándole que jamás ni aunque viviera mil años y el cielo se abriera y llegara el fin del mundo podría renunciar a ella. Sentía su olor incluso cuando estaba lejos y se sabía de memoria cada milímetro de su piel.
Adriana era, para él, una línea pura que sus manos podían recorrer sin sobresaltos, sin ningún tropiezo, curvas suaves, piel de seda. Era una cascada de ébano cuyos rizos jamás podrían ser dominados ni sometidos. Adriana eran unas pestañas negras con las que él habría podido ahorcarse, rodeando una mirada de agua con la pena asentada desde siempre. Adriana eran las mejillas sonrosadas y los labios carnosos endémicamente esperanzados. Era una sonrisa luminosa, que daba luz a todo alrededor haciendo que el mundo pareciera más bonito. Adriana tenía sabor a mar y su piel había sido dorada por los mil soles mediterráneos; era cadencia y armonía, movimientos delicadamente felinos, coquetería y seducción, aunque diera la impresión de no saberlo; también era una promesa constante de algo mejor, un sueño inalterable, a pesar del desconsuelo; Adriana era esa esperanza escondida que aguarda renacer con el amor; era su sol y su luna, la sangre, que fluye eterna de unos a otros, haciendo de la vida algo indestructible.
Adriana, en otro tiempo, había sido para él la verdad exquisita, la palabra sincera, el pensamiento bueno, la alegría y la luz; pero desde el embarazo era solo dolor y culpa, una media noche de invierno tan fría y oscura que da miedo; se había convertido en una verdad opaca, tanto que era indescifrable para Miguel; pero, por encima de cualquier otra cosa, Adriana era irrepetible, era única e indispensable, aunque, hasta que la conoció, él no sabía que se pudiera amar de esa manera. La amaba tanto y tanto la necesitaba que Adriana era su tiempo y su espacio, ella era su presente y su pasado, su aquí y su allí, y él no podía hacer nada para defenderse de la epidemia del amor enloquecido, y sabía que ella era su destino inexorable, pero también que arrasaría todo aquello que encontrara a su paso porque tenía tanto poder que con una sola mirada podía desbarartarle la vida. Desde el momento en que la vio y sus ojos se encontraron, Adriana fue principio y fin para él, era y sería eterna porque Miguel sabía, con la certeza con que saben a veces las cosas, que no podría sobrevivirla.
Adriana durante todo su matrimonio se había empeñado en odiar a su marido. Estuvo casada casi cinco años y durante más de cuatro se había esforzado en odiarlo con un empeño tal que había conseguido mostrar un desprecio y aborrecimiento, que no sentía, pero que, al observarla, a él no le dejaban lugar a dudas. Miguel estaba seguro de que el amor de su mujer había muerto irremediablemente y se torturaba tratando de averiguar en qué momento y porqué había ocurrido aquella catástrofe. Nunca logró saberlo y murió con el íntimo convencimiento de que las lágrimas que ella derramaba junto a su lecho de moribundo eran falsas o que, en cualquier caso, eran provocadas por la culpa, que no por el amor, y se llevó al otro mundo la dolosora duda de no saber cuál había sido el error fatal que lo llevó a perder el alma de aquella mujer irrepetible. Sin embargo, las lágrimas de Adriana eran auténticas, seguramente fueron lo único verdadero que ella se permitió mostrarle, pero ya era demasiado tarde y él no la creyó, ni siquiera cuando después del entierro la persiguió hasta la casa y la vio como sonámbula, tan perdida y confusa que de no ser por el celo con que las vecinas se dedicaba a la tarea de meter las narices en los asuntos ajenos Daniel, que entonces tenía tres años, habría muerto de hambre. Nadie le advertió nunca a Adriana de que esas cosas pasan, la muerte espera donde menos la pensamos, y el dolor la pilló tan desprevenida que, los primeros días, creyó que ella también moriría, lo deseó con todas sus fuerzas y rezó pidiendo a Dios que también la matara, pero nadie se apiadó de ella y, cuando pasado un mes, se trasladó a la Casa Grande con la abuela, rodeada de todas las comodidades con las que se había criado y que tanto le echó en cara mientras vivía, se dio cuenta que de entre todo lo que podía seguir echando de menos, lo único que en realidad extrañaba era a su marido y lloró cada noche lacerada por la añoranza y la culpa, agobiada por el recuerdo de todos los años que pudo haber disfrutado con él y que desaprovechó de manera inexcusable y reprochándose duramente por no haber prestado atención a las señales de los espíritus ni a los mensajes de sus sueños que estuvieron alertándola durante mucho tiempo que no se debe jugar así con el niño ciego y que sería castigada si persistía en su estúpido empeño de matar al amor. No los escuchó porque igual que estaba decidida a odiar a su marido también lo estaba a no escuchar a los muertos, que siempre la obligaban a ser honesta, cuando ella lo que quería era ser mezquina porque tendría que haber estado casada con el hijo menor de un marqués y viviendo en la ciudad en una gran casa con criados y doncellas y amas de cría, rodeada de bailes, de vestidos de seda y de elegantes caballeros y no allí, amantando por sí misma a su hijo, cocinando y cosiendo remiendos, viendo como se agostaba su juventud... Y lo miraba (ay) como si todo fuera culpa suya y quería odiarlo, pero no lo conseguía. Y cuando Miguel murió quiso matarse por haber desperdiciado de esa manera el amor y nunca se arrepintió bastante de no haber escuchado los susurros de los espíritus. Y no hubo una noche durante el resto de su vida que se durmiera sin llorar (ay) porque todo era culpa suya y él había sido un buen hombre y ella la peor de las esposas.
Al verla llorar en privado, sufriendo con un dolor tan exagerado y secreto, Miguel se convenció al fin de que lo había amado, aunque su orgullo no le permitiera demostrarlo, y decidió entonces que había llegado la hora de partir en paz al otro lado, pero no era capaz de dejarla y fue alargando su estancia en este mundo un día y otro, queriendo consolarla cada noche y sin atreverse a mostrarle su presencia, encontrando cada amanecer nuevas excusas para quedarse. Cuando ella murió, casi 50 años más tarde, él todavía estaba esperándola y pudieron abandonar juntos este mundo, cogidos de la mano y sonriendo como cuando estaban recién casados y paseaban por el río, pero no antes de que ella le reprendiera por haberla dejado sola tantos años en vez de aparecérsele en sueños como hubiera hecho cualquier buen marido. En su otra vida Miguel se habría resentido, pero en aquellos momentos, con la sabiduría que da la muerte, supo que no era un verdadero reproche sino la forma en que su mujer expresaba el profundo miedo que sintió todos aquellos años por si no lo encontraba cuando cruzara la puerta eterna o si lo encontraba, pero él, cansado de tanta humillación como le propinó en vida, la había olvidado.
Aquel miedo era una estupidez porque Miguel la amó tanto en vida que incluso le dolía dentro como si tuviera algo clavado en el estómago y un amor así no se acaba con la muerte. No habría dejado de amarla ni aunque no la hubiera visto llorar cada noche, no habría podido olvidarla ni aunque ella hubiera tardado en morir 1000 años y no solo 50.
La amó desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron, le gustaron los ojos llenos de anhelo y devoción, la piel de porcelana y los labios siempre prestos a recibir sus besos, le encantaron sus palabras, sus sonrisas luminosas y sus caricias. Miguel la amó desde siempre y se lo habría demostrado más y mejor y podría haberla hecho feliz sino fuera porque, transcurridos apenas 6 meses de casados, ella empezó a darle pan con hiel cada día y así fue ya hasta su muerte. Se agotaron las sonrisas, se perdió la esperanza de sus ojos y el amor se ahogó en sus labios. Tan lacerantes eran sus palabras y tan hirientes sus miradas que durante casi dos años Miguel se levantó cada mañana para ir a trabajar y salió de la casa jurándose que no volvería, la abandonaría para que viviera sola con su orgullo a ver cómo se las apañaba, que a él mejor le hubiera ido casado con cualquier moza del campo, a quién se le ocurría, meter en su casa a una bruja con ojos de gato que hablaba con los muertos, mujer de mala suerte, no volvería, no, cogería caminito y se marcharía sin volver la vista atrás, sin importarle si estaba viva o muerta, si tenía que ir a humillarse delante de su abuela o si se casaba con el marquesito ese que la había pretendido, por él que se pudriera, que ya no iba a consentirle más tonterías, que a un hombre no se le podía tratar así y menos a un hijo de su padre, que no, que ya ni le importaba que tuviera un hijo suyo, que se quedara la casa y las tierras y todo que él se iba para siempre, para los restos; por su madre, que estaba enterrada, por todos sus muertos, que esta vez ya no volvía.
Pero cada tarde invariablemente retomaba el camino a casa, aunque supiera que iba al encuentro de una mujer que no se dignaba mirarle, que en vez de ponerle el plato sobre la mesa se lo tiraba con desprecio, que le reprochaba que el niño había llorado durante la siesta, que había encontrado una nueva arruga en su piel perfecta o que las gallinas no habían puesto huevos aquel día... como si todo lo malo que pasaba (ay) fuera culpa suya. ‘Mira dónde me tienes viviendo y todavía preguntas qué me pasa' Y él se acostaba con una pena oscura hiriéndole las entrañas, con los ojos arrasados por las lágrimas y un nudo en la garganta que le hacía daño al respirar y a la mañana siguiente otra vez la misma sarta de falsos juramentos mientras se alejaba de la casa... Pero regresaba y regresaría siempre mientras tuviera un hálito de vida porque cada vez que ella pasaba por su lado, cada vez que sentía su olor o se encontraba con sus ojos, solo con verla andar o amamantar al niño, únicamente con recordar el roce de su piel (ay) se quedaba sin respiración.
Ayer una de mis tías me dijo que ha visto 18.000 amaneceres y lo peor, me decía, es que no ha disfrutado ninguno porque siempre pensó que el amanecer ideal estaba esperándola en algún otro momento del futuro, pero no ha habido nada más, ninguna emoción inesperada ni definitiva, su día a día ha sido todo y ahora, cerca de su cumpleaños, piensa que se le ha pasado la vida mientras asumía que todavía le quedaba tiempo, que la vida no era eso, esa serie inacabable de días iguales, sino que había otra cosa, algo más, que la esencia de la felicidad estaba esperándola agazapada en alguna parte, escondida y esperándola, mientras ella deseaba con todas sus fuerzas encontrarla y así día tras día hasta sumar 18.000.
Casi medio siglo resumido en una cifra tan exagerada y ridícula. Una vida entera de penas y alegrías, de sinsabores y felicidad, siempre bordeada con los punzantes picos de la esperanza y la desesperación, una vida de trabajo, de sol y de lluvia, de mar mediterráneo y arena que quema bajo los pies; las coletas para ir al colegio muy apretadas, tanto que tiran de la piel de la cara; la rayuela con las amigas en la calle; hace demasiado calor; la primera menstruación como algo místico y secreto; las monjas me dan en los dedos con la regleta de madera si me equivoco en el piano, pero estoy contenta porque las vecinas dicen que soy la más guapa del barrio y me sale un novio, el primero, que escribe unas cartas muy mal escritas, pero que me hacen más ilusión que un poema de Neruda y es viernes y hoy puedo salir a tomarme un helado a la plaza y luego vamos al cine; ya es casi verano, he terminado el bachiller y quiero ir a la universidad, pero no puedo: las mujeres no estudian, se casan. Unas vacaciones en Mallorca, la piel dorada por el sol y un tinte que no queda bien porque es demasiado rubio y no sé cocinar y no sé qué hacer. Recién casada y un marido que no está nunca en casa, me paso los días bordando y los hijos que no llegan y cuando llegan sen van antes de nacer, un aborto y otro, ‘el útero es infantil, no se ha desarrollado'. Y un día y otro, demasiada ropa, en la habitación de los niños voy a hacer un despacho. Mi madre ha muerto, murió ayer. Y, como Juana la Loca, mi madre ha muerto, mi marido me engaña, mi madre ha muerto, mi marido... tengo ganas de gritar, pero no grito, me tomo un ansiolítico. Él tiene una hija, mi marido es padre, pero yo no soy madre, a mí nadie me llorara cuando me entierren, nadie pondrá en la lápida: ‘Tus hijos no te olvidan' Y llega el divorcio, el primero del barrio. Y otras mujeres me miran con lástima, como si tuviera una enfermedad incurable, y redoblo los ansiolíticos y cuando no me hacen efecto me paso a los anti-depresivos, me tomo uno y me duermo, pero ya no, ahora necesito más de uno. Y pienso en adoptar un niño, pero no me atrevo porque estoy sola y pienso que lo haré más adelante, cuando me encuentre mejor y ese momento no llega. Y de pronto, me miro al espejo y no sé cómo ha ocurrido, la piel se me ha caído, tengo los ojos cansados y el pelo sin brillo, ¿pero cómo ha pasado esto? ¿Dónde está mi juventud?
Me siento igual que cuando llevaba coletas, era tan guapa, tan guapa y por dentro no he cambiado, pero el espejo no miente, no cabe duda, 18.000 amaneceres y sé, por primera vez sé más allá de toda duda, que se me ha escapado la vida mientras la esperaba, se me ha evaporado entre los dedos como si fuera agua y hay tantas cosas que quería hacer y nunca he hecho, y ya no hay tiempo, ya no hay tiempo y descubro una verdad esencial que solo descubrimos cuando ya no queda tiempo para disfrutarla: La felicidad se encuentra escondida en la sala de espera de la felicidad.
Hoy es uno de esos días. Un día para no hacer nada, quedarse quieta y no sentir, no tocar, no mirar. Permanecer en silencio y desaparecer como la luz en el ocaso. Ese es el mejor momento de días como hoy, en el crepúsculo todo se desdibuja y pierde su contorno como si una suave bruma se hubiera apoderado del mundo, y todos los seres parecen perder su terca condición de seres y las montañas, que ahora veo desde el balcón, parecen menos montañas y más sombras sin consistencia, y la habitación va adquiriendo una tonalidad gris que lo funde todo con la ecuanimidad propia de la oscuridad y de la muerte. En ese momento, Yacko, normalmente tan activo y dependiente, se acuesta a mis pies a esperar que la noche lo cubra todo, cansando talvez de un día de soledad en el que solo me ha visto para que lo lleve por medio mundo atado a una correa o eso le parecerá a él después de nuestros maratonianos paseos con sus patitas tan pequeñas.
Yacko es un bebé de algodón, que en días como hoy me mira sin entender, pero se sienta a mi lado y me lame las manos para consolarme o se deja acariciar con la misma actitud de quien concede un favor que vale una vida y me mira con sus ojos de sabio antiguo, como si él supiera algo que nadie más sabe, como si llevara dentro la sabiduría de toda la historia del universo.
Todo el que haya mirado de verdad a los ojos de cualquier animal sabe que llevo razón porque en el fondo de su mirada hay algo indescifrable y pretérito, algo que no es instinto, aunque en ocasiones parezca rozar la crueldad o revestirse de una tristeza infinita, algo que es en realidad una sapiencia atávica y esencial, un conocimiento que ha existido siempre, aunque nos esté vedado y no tengamos palabras para nombrarlo, algo que persiste en el espíritu de mi perro igual que la sangre continúa latiendo porfiada bajo nuestra piel y todos los seres se mantienen tercos en su condición de seres, un secreto inescrutable para nosotros, contumaces humanos, que no entendemos nada, que confundimos el instinto con la crueldad, la naturaleza con lo esotérico, el amor con la dependencia. Un secreto que de ser desentrañado talvez desvelaría un misterio insondable que le diera al fin sentido a nuestra vida. Hoy es uno de esos días, pero mañana mejor, seguro.
Ha muerto Antonio Vega, voz principal de Nacha Pop y uno de los íconos de la música de los años '80, del que me confieso fan incondicional, a pesar de que no pude conocerlo en su momento de mayor auge (ellos desaparecieron en el '88 y yo nací en el '82). Hasta mí han llegado las reminiscencias de su música y sobretodo de sus letras, reeditadas por muchos grupos actuales y, gracias a mis primos mayores, también en su esencia original.
Antonio Vega era un gran artista, más allá de un simple cantante de pop, que libró toda su vida y en lo más profundo de su alma una batalla que Miguel Ríos ha definido, no sin acierto, como una especie de lucha entre su ‘talento desmesurado' y ‘en cierta forma, el demonio tan grande que llevaba dentro'
La historia de Antonio no es fácil ni simplista. Habló siempre sin tapujos de sus adicciones, la muerte de su adorada Margarita que dio lugar al disco ‘3000 noches con Marga', sus contradicciones y sus sueños. Aseguraba que de no haber sido cantante, talvez hubiera sido astrofísico. Adoraba la contemplación del espacio y ha muerto con la íntima frustración de no haber conocido que se siente con la ingravidez. Desde que comprendió a Einstein, aseguraba, había empezado a imaginar que se sentiría montando, como a caballo, en un haz de luz. En la misma entrevista, hace un año, habló también de la posibilidad de tener hijos que había empezado a plantearse ahora que había dejado la vida de poeta errante y superado la eterna persecución del dragón imaginario. Viendo su aspecto, cada vez más deteriorado, nadie lo creía y cada vez que hacía una aparición en público se hablaba de su muerte inminente, que ha llegado ahora, a causa de un cáncer de pulmón. Las reacciones despertadas por esta tragedia nos hablan de que además de un buen artista, era alguien con una gran calidad humana, que también fue reconocida durante su vida: En 1993 le llegó un homenaje en forma de disco llamado ‘Ese chico triste y solitario', definición con la que no se sintió nada identificado y que, de hecho, no le hizo mucha gracia, porque sus ojos oscuros no solo miraban a los demonios interiores, que también, sino que sobretodo se volvían fascinados hacia las estrellas.
Ahora cabalga por fin en un haz de luz y nos ha dejado un puñado de buenas canciones y muchos recuerdos que, para mí, van indisolublemente unidos a su música. Descanse en Paz.
A raíz de una controversia sobre política mantenida en otro blog nos hemos ido, he de decir que por mi culpa, a debatir sobre la guerra o, más concretamente, sobre la Guerra Civil española. El hecho de que hablando de política termine discutiendo sobre la guerra no es algo raro en mí, lo extraño sería que consiguiera mantener coherentemente una línea argumental recta. Al parecer mi mente no funciona como la del resto y eso provoca que cuando busco una idea a ésta se le asocien muchas otras, quejándose de la poca atención que les presto y lanzándose en tropel a disfrutar de su recién alcanzada libertad fuera al fin de mi subconsciente, donde seguramente habrán estado hasta el momento de asaltarme. Este abigarrado tropel de pensamientos me fastidia a veces y otras me hace, como ahora, sorprenderme de la capacidad de la memoria para retener datos o hechos completamente inútiles y en mi caso además que no recordaba conocer o siquiera haber leído. Al hilo de lo que cuento y a raíz de la discusión- conversación mantenida como digo, me ha venido a la mente una frase que estoy casi segura es de Jean Le Rond D’Alembert (si me equivoco corregidme) y que no estoy segura de dónde he sacado:
La guerra es el arte de destruir a los hombres, la política es el arte de engañarlos
Os invito, si os apetece, a que reflexionéis sobre dicha máxima y me digáis, si lo tenéis a bien, lo que os pase por la mente.
No hay mucho para contar sobre mí, soy una persona normal con mis desequilibrios y mis traumas, pero también con mis momentos de sensatez y hasta de felicidad. Amo el cine y la lectura, con una buena novela entre mis manos me olvido del mundo. Y Odio el invierno y el frío, me gusta el sol, los días claros y luminosos, el mar y el calor.